CUENTO: GOL A LA NOSTALGIA

by Agustin Andres Perez Gamboa

Hola a todos, con este cuento inauguramos esta sección de cuentos, que a veces nos hacen reflexionar, pensar y sobre todo pasar un ameno momento. Este cuento es basado en una pequeña parte de la niñez de quien escribe, entre Montevideo y Buenos Aires. Hoy se siguen escribiendo cuentos de esta índole, pero ya no con ese gasto de energía de otras épocas, la era de la computación e internet a cambiado algunas cosas de esa hermosa década de los 80.

 

GOL A LA NOSTALGIA

Me llamo Agustín, hoy tengo 38 años, de barrio, viendo a lo largo de mi vida las «transformaciones» del mismo, viendo partir «a la muerte» a los «vecinos» más antiguos, viendo nacer a bebés, que hoy son hombres y mujeres, y estos con hijos, pero siempre en la misma ciudad.

Hace más de 20 años, donde ahora hay una escuela, en la calle Juan Rosas, en Montevideo, Uruguay (los más veteranos se acordarán) estaba EL LUCERO FÚTBOL CLUB, donde también nacía la canchita de fútbol, donde muchos padres, madres y amigos iban cada fin de semana a disfrutar de los partidos de fútbol contra los rivales mas clásicos, «El Ciclón» del Cerrito, «El Santana» de Gral. Flores y otros equipos fuertes. Yo jugaba de suplente, si, jugaba de suplente, mis amigos de la infancia, todos jugaban en el LUCERO, pero ellos «jugaban», entraban a la cancha, yo siempre «acompañaba» los partidos desde el banco de suplentes. El técnico nunca me ponía en los partidos, quizás porque pasaba desapercibido o simplemente por lo mal que jugaba, pero jamás me echo, ni me dijo que no tenía condiciones para jugar algún partido.

Le decía a mis padres que me acompañaran a verme «jugar» y cada vez que iban siempre quedaba con ellos mirando los encuentros, desde el banco, tenia mas tiempo en el banco que los partidos del club, pero jamás faltaba a las prácticas y jamás a ningún partido.

El día que una empresa nos dono camisetas, todos tenían una y adivinen, solo yo quede sin camiseta porque no me consideraban, con el tiempo me compre una y así podría lucir en el banco de suplentes más adecuado.

Recuerdo el día que les dije a mis padres que me compraran zapatos de fútbol, se reían, pero me lo compraron, quizás para alentar un jugador fracasado pero noble, la nobleza les gano. Recuerdo haber ido a una práctica con mis zapatos de fútbol nuevos y solo pude tirar dos tiro libres que obviamente fueron un fracaso y hasta sospecho que me dejaron tirarlos para volver con un poco de pasto a mi casa, que justificara el gasto.

El técnico, ahora don Julio Barrios, venía con su hijo, con su sonrisa perfecta y su rubia cabecera, que como ambos éramos zurdos, yo era suplente de él (quizás ahora sospeche mi ausencia en su presencia). Pero no todo fue amargura, crecí con el compañerismo del barrio, las cómplices miradas de la Fábrica de Juan Rosas y mas que nada el aliento desinteresado de otros padres y sobre todo del presidente, Don Otero (QEPD) y su señora «La Chocha», (quizás algunos de los lectores los recuerden, también tenían, aparte de su amor por el baby fútbol, una cantina en la calle Chimborazo).

Nadie podrá olvidar por la década de los 80 las torta fritas de la «chocha» o los bingos y los vendedores ambulantes que los días de los partidos, se posaban alrededor de la cancha para dar sus opiniones de técnico.

Pero al final, el día por fin llegó, el hijo del técnico, que no recuerdo su nombre, se enfermo de gripe y justo teníamos un partido difícil contra «El Santana», un clásico, el rival de todas las horas. Era un domingo de tarde, verano, mucho sol, el día estaba amarillo. Yo, como siempre, me preparaba una vez mas para ver un partido como espectador privilegiado. En la semana se había hablado mucho de esa brega como decisiva para ganar el campeonato. Cuando me entero de que «el titular», mi titular no vendría me ilusione como todo niño de 12 años, a crear en mi corazón la ilusión de jugar un partido oficial. Recuerdo que cuando me puse las medias, mi mama, al verme con esas medias largas ese día me dijo: «no te las pongas, hace calor, ademas nunca te ponen». A pesar de eso, me puse las medias y fui con la actitud de siempre.

Al borde de la cancha, cuando el técnico contaba lo de su hijo mira a Mora, un compañero que había entrado hace poco y le dice: «Morita, hoy entras en lugar de mi hijo, a romperla». Se me vino el mundo abajo, ahí pensé en dejar el baby fútbol y dedicarme a otra cosa, mi tristeza era extremadamente notoria, pero seguía firme, al borde del llanto.

Cuando miro hacia la calle Cayambé, veo a los jueces que venían con el viejo «Otero» y la gente se arrimo como nunca, estaba la cancha tan llena que hasta no había lugar para poder ver. Y yo, ahí, como siempre, con mi gran compañero el banco de suplentes, y viendo como Morita ocupaba mi lugar apenas con tres prácticas en el club. Comienza el partido y realmente era muy parejo, atacaban los equipos una y otra vez, el cero permanecía en el marcador. Se iba el tiempo y el penal que nos favorecía (y digo «nos» porque yo era parte del equipo), fue errado. Parecía que terminaría empatado, pero sucedió algo que cambio mi vidas y me marco para siempre.

Al faltar 20 minutos, un corpulento saguero del Santana le da un pelotazo en la cara a Morita y cae rojo, dolorido, llorando y espantado. Tiene que salir sin mas remedio. El técnico se agarraba la cabeza, hizo lo que por meses estaba esperando, mirarme, notar que existía en el banco y dijo: «Agustín, entras vos por el Morita», no podía creerlo, tan así que deje la varita de árbol con la que dibujaba en el piso y mire al Cachula, socio y amigo que a veces me acompañaba y le digo: «me llamo?» Si, grita el Cachula mas emocionado que yo. Me saque el buzo celeste que me puso mi madre a «prepos» (hacia frió) y entre al campo de juego, todo nuevo para mi, sentía que todos los ojos estaban sobre mi, faltaban 10 minutos mas o menos, serian los 10 minutos mas felices de mi vida deportiva, aunque perdiéramos.

Yo estaba en el partido mas importante, el destino quiso que entrara y me olvidara de que era niño, de que somos mortales, de que al otro día tenía clase en la Escuela Maria Noya 93, todo, mi concentración estaba en que Alexis (uno de los mellizos) me diera la pelota, la que solo veía correr de un lado al otro y no tocaba. Ahora era un espectador pero dentro del campo.

Faltaban 2 minutos, el arbitro miraba su reloj pensando en lo que su esposa le haría de cenar quizás, pero yo no perdí mis esperanzas, al menos de tocar el balón y ser portavoz de exageraciones en la escuela al otro día.

Pablo Leiva, que aun lo veo por la calle San Petesburgo de Montevideo, y nos recordamos jóvenes, me pasa el balón al borde del área grande, siento que no sabia que hacer ni a donde patear, cuando se me abalanzaron dos defensas, el que lastimo a Morita y otro más, cobre valentía, me sentía a Maradona (que por esos años era una estrella del fútbol mundial), enfrente a estos Cancerberos del arco, los esquivo, vaya a saber con que Dios mitológico y quedo solo ante el área chica frente a el arquero, cerré los ojos y en ese instante veo que detrás del arco estaba mi hermana Marisa con mi hermano menor en brazos, David, que por primera vez me habían ido a ver.

Lo escribo ahora y me lleno de emoción, pateo la pelota con todas mis fuerzas, y entra, colocándose en el palo izquierdo, de la tribuna bajaba el grito de gooooool, no se si era porque lo había hecho yo o porque era un gol en la hora, se que me abrazo todo el equipo, hasta el Cachula entró a la cancha en ese abrazo interminable, único, emotivo.

Al finalizar el partido me felicitaron todos, habíamos ganado por mi gol 1 a 0. Nunca había sentido tantos besos y apretones en el mismo día, mi hermana lloraba y se empezó a jactarse de su hermano, «el goleador».

Después de ese día deje de jugar al fútbol, ya no me interesaba, además (por suerte no sucedió), nos íbamos a mudar a buenos aires, Argentina. Fue el día que más recuerdo de este barrio, hermoso, con su folclore de los 80, sus televisores blanco y negro de tubo, la libreta del almacén» de la «Tota» (QEPD), el saludo a los vecinos, los juegos de bolitas y la inocencia perdida. Tanto así marcó ese partido, que hasta el día de hoy siguen saludándome por ese gol inolvidable.

Ese año salimos campeones de la liga, pero yo no fui a recibir mi medalla.

A.A.P.G.

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