Relato apocalíptico “Ocho minutos” de Richard Falken

Obscuros saludos de nuevo; antes de nada, quiero dedicar esta entrada a nuestra compañera Lupe. Como decimos por aquí ¡Mucha fuerza y salud!

Tras un parón involuntario, regresamos con fuerzas apocalípticas renovadas. Es cierto que habéis dado finiquito al Sol de muchas maneras, con tremendas y bizarras variantes, no ha habido cortapisas al respecto; pero creo -juzgad vosotros mismos- que hoy estamos delante de un caso cuanto menos excepcional (claro que no esperaba menos de tan preclara mente). Sin más vamos con el  protagonista, el escritor Richard Falken y su particular versión de “Ocho minutos”.

De la banda sonora, en largo consenso conmigo mismo, se encargará el rimbombante y sideral tema “Behold, The Armies of War Descend Screaming from the Heavens! ” de los ingleses Bal-Sagoth

https://www.youtube.com/watch?v=T68DTL8QQWo

 

 

 

Ocho Minutos

de Richard Falken

 

 

El cabo Jhralp sujetó su pistola de plasma con un tentáculo, sabiendo que el arma no le salvaría. La puerta acorazada del refugio subterráneo en el que él y sus tres compañeros se habían guarecido no les protegería por mucho tiempo.

–No deberíamos haber lanzado ese misil mataestrellas –susurró para sí mismo–. No deberíamos haber extinguido el Sol de los humanos.

–No nos ayudas, Jhralp –dijo el teniente Mkekt, mientras volcaba una mesa y la situaba a modo de parapeto. Su voz sonaba firme, pero su ojo dirigió una mirada nerviosa hacia la puerta. Apretaba su fusil de plasma con tanta fuerza que su tentáculo estaba pálido–. El Consejo afirmó que sería una conquista fácil. No podíamos saber que el Oscuro tenía capacidad tecnológica para sobrevivir a la muerte de su Sol, mucho menos que tuviese la capacidad de lanzar un ataque de represalia.

Jhralp se estremeció ante la mención del comandante en jefe de los ejércitos de la humanidad. El Oscuro, ahora, paseándose por la superficie del planeta Xhrkelah con sus tropas.

–El Teniente tiene razón –apoyó el sargento Pkotl, agachado detrás de otra mesa volcada, su arma de plasma apuntando hacia la entrada–. Inteligencia estaba segura de que, sin el Sol, las plantas de la Tierra  morirían, y que todas las formas de vida complejas perecerían a los pocos años.

Jhralp permaneció en silencio. Quedaban mesas libres, y consideró tomar cobertura tras una de ellas. Desechó la idea al instante. Los débiles muebles de metal no constituirían defensa alguna frente a los fusiles magnéticos de los humanos.

–Yo estoy de acuerdo con Jhralp –dijo Xjeelah al cabo de unos instantes. El joven era personal civil. Le habían dado una pistola de plasma para que ejerciese su derecho a morir con honor. Estaba bastante claro, a juzgar por la forma en que la sujetaba, que no sabía usarla–. El Oscuro y sus lacayos no molestaban a nadie en su insignificante planeta. ¿Por qué tuvimos que meternos con ellos? ¿Por sus reservas de agua? ¿Por sus muestras biológicas? ¿Los depósitos de hierro? Pues bien, el Oscuro tenía la tecnología para sobrevivir a nuestro misil mataestrellas, pero nosotros no tenemos la más mínima posibilidad de sobrevivir al suyo.

Sonó un estampido al otro lado de la puerta, y la hoja blindada tembló bajo un poderoso impacto. Sin embargo, no cedió.  Jhralp cerró su ojo e inspiró profundamente. Todos quienes se encontraban allí iban a morir. Toda su civilización iba a morir. Lo peor de todo era que la muerte se le antojaba piadosa. Cuando la flota del Oscuro apareció por sorpresa, su nave nodriza disparó su abyecto mataestrellas contra el astro sagrado del planeta Xhrkelah. La sociedad se vino abajo. El orden social se descompuso más deprisa que los cadáveres. Los fuertes hicieron acopio de alimento y células de energía, y se refugiaron bajo tierra. Los débiles se quedaron en la superficie, aguardando la muerte. La parca no se hizo esperar, pues a los pocos meses, las cápsulas de desembarco humanas llovieron sobre la superficie de  Xhrkelah.

Hubo una nueva detonación. El impacto abolló la puerta visiblemente. No se oían voces al otro lado, como habría sido de esperar. Así eran los humanos. Así eran los soldados del Oscuro. Asesinos silenciosos, fríos, desalmados, que masacraban a sus enemigos sin la más mínima muestra de emoción en sus caras.

La puerta acorazada reventó bajo el tercer impacto, lanzando fragmentos de metal en todas direcciones. Uno de ellos alcanzó a  Jhralp y lo mandó volando contra la pared, al otro lado de la estancia. El cabo se desplomó al suelo, incapaz de sentir sus tentáculos inferiores. No obstante, no soltó su pistola.

Un único soldado humano cruzó el umbral derruido, empuñando su fusil magnético, todavía caliente. El reactor de fusión que alimentaba el arma emitía un ominoso zumbido, colgado de su espalda como una mochila. Su uniforme negro y dorado había sido hermoso alguna vez, pero ahora era poco más que un harapo, sometido a las inclemencias de la guerra y el tiempo.

Su cara era una masa de carne descompuesta. De sus dedos pendían jirones de piel putrefacta. Sus ojos brillaban con un destello azulado y frío que congelaba el alma. El humano no se inmutó lo más mínimo cuando Mkekt se recobró de la conmoción inicial, y le disparó con su rifle de plasma. El impacto abrió un enorme agujero en el estómago del intruso, al que ninguna criatura podría haber sobrevivido. En vez de caer, el humano devolvió el fuego. Un único proyectil de acero atravesó la patética mesa tras la que Mkekt se cubría y acabó con la vida del teniente.

Jhralp pensó en rendirse. El cadáver de Mkekt se levantó del suelo y volvió su arma contra sus compañeros. Su ojo emitía un siniestro destello azulado, y Jhralp se dio cuenta de que la rendición era inútil.

–¿Qué idiota pensó que podíamos vencer a una civilización de muertos vivientes con un mero mataestrellas? –se lamentó en voz alta.

 

Originalísima y genial. Retorcer una idea e inventar todo un universo con tan siquiera mil palabras sólo está al alcance de unos pocos creadores. Todo un orgullo que Richard Falken se haya pasado, parado y participado en nuestra inefable convocatoria; muchas gracias.

 

 

Aquí podéis encontrar todos sus libros, trabajos y futuros proyectos:

http://www.richardfalken.com/

 

Seguid enviando vuestros escritos al mail relatos@metalobscura.com. Como siempre inicuos, apocalípticos saludos y por favor, dejad las estrellas ajenas tranquilas. 

 

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