Memorial de llamas: Soen en CDMX
Entre las ardientes fauces de la urbe y la furia repentina de Tlaloc, llegamos al Pepsi Center para unirnos al Memorial de Soen. Poco a poco el lugar se fue poblando de disímiles rostros, en los cuales se dibujaba el ansia de perderse entre recuerdos y reflexiones.
Los segundos se escurrieron entre los vasos cargados de fría malta; las nueve sonaron en el corazón de la noche. Una neblina cayó sobre el escenario y dos siluetas se dibujaron bajo las pálidas luces azules. Un saludo al público y seguidamente el sonido de una guitarra acústica arropó el recinto; asimismo, una voz profunda sacudió las sombras que miraban absortos desde sus asientos. Trope tomó su lugar en el proscenio para dar una presentación desnuda de estruendo; no obstante, llena de emotividad y entusiasmo.
Como si fuesen dos gigantes, Diana Studenberg y su compañero llenaron cada rincón del escenario con una complicidad que hacía que el público se sumergiera en sus melancólicos pasajes y se perdiese en esa fulgurante voz que se encajaba en los oídos como un hechizo. A la postre, la audiencia aplaudió al dúo que expresó su emoción por visitar nuestro país por primera vez. Después vino un “viva México, cabrones”, que fue pronunciado por la garganta de Diana; en consecuencia, los gritos se levantaron. A continuación, Trope ejecutó su último tema con una satisfacción reflejada en sus rostros; por consiguiente, la masa los despidió con una merecida ovación.
Un espacio se abrió en la velada antes del arribo de los suecos, así que la masa tomó algunos minutos para diferentes diligencias, pero presurosos volvían a sus lugares para estar listos. De repente un viejo poema sonó como un eco y una voz desgastada abrió las puertas para que un mundo de laberintos meditabundos y sonoros cayera sobre aquel lugar. Por último, un suspiro pronunció “Rage, rage against the dying of the light” y Soen tomó su lugar en el púlpito para comenzar un discurso de rabia y reflexión.
Acordes de sincero poder levantaron de sus lugares a toda la audiencia que rugió como un trueno mientras Soen mostraba una presencia abrumadora. Los escalofríos recorrieron las pieles latentes e imágenes de mártires se incrustaron en los pechos como un mensaje imborrable.
Consecuentemente, los pulmones del público expulsaron con ímpetu la letanía “Soen, Soen, Soen”. Esto dio paso para que Zlatoyar mostrara su experticia y elegancia en el bajo. Seguidamente, la voz mítica de Joel escribió sobre la negrura “I am not aware of all the reasons, I am not deciding the results”. En consecuencia, los corazones golpearon como si fuesen tambores resonando desde un abismo. Luego un estallido abrupto hizo que los cuerpos se sacudieran al ritmo entrecortado de riffs taladrantes.
Lo siguiente, una imagen escarlata, disparos difusos; además, una trinchera se creó y todos fuimos soldados entre memorias de guerras inútiles. Joel izó una bandera de muerte y los puños se levantaron entre las luces. Gritos se cruzaron de un lugar a otro como metralla que se impacta en los recuerdos. Al final de la batalla, todo concluyó con el estrépito de un enorme aplauso.
La noche prosiguió con la perfecta amalgama entre potencia, violencia y melodía. La banda convocaba a que los asistentes corearan los himnos hasta quebrarse la voz. Soen remolinaba las emociones de las personas en notas de perfecta furia y fragilidad. Cuadros sonoros preciosistas se conjugaron con mensajes de igualdad y justicia. Ante la energía y precisión de los suecos, los adeptos dejaron ver caras de felicidad, emoción y enlaces de sentimientos claroscuros.
Al proseguir con el memorial, los momentos de intimidad y sosiego hicieron que cada mano se tornase una antorcha; sumado a esto, las flamas perseguían ilusiones lejanas. Por otro lado, Soen floreció como un loto entre acordes cálidos y sueños difusos.
El final se aproximaba como la parca; sin embargo, aún había palabras que esculpir sobre los testimonios de esa noche, así que después de un breve momento fuera del escenario, la agrupación regresó. Un piano taciturno se fundió junto a la voz de porcelana de Joel para decir las palabras no dichas, las oraciones no pronunciadas y las sentencias no escritas. Ante este panorama, la muchedumbre suspiró expectante y vio dentro de sí sus propias palabras perdidas.
De manera posterior, Martín López tomó el micrófono para agradecer a los asistentes y decirles que México es como una segunda casa para la banda. Estas declaraciones fueron cobijadas con gritos que repetían el nombre Soen. Después las explosiones de rabia colmaron el escenario y guitarras fueron como pistolas disparando para honrar a los excluidos. Asimismo, sombras amenazantes se acrecentaron con pasajes lentos que narraban la destrucción del ser en historias de amores quebrados por un poco de violencia. Así, en un punto de máxima catarsis, el público estalló en gritos de victoria para así coronar una noche gloriosa.
