La caja de las reliquias – La vida de Mary Shelley

Los vivos no pueden hablar con los muertos, son los muertos quienes rompen el silencio cuando tienen algo que decir.

Mucho se ha dicho acerca de mi pasado, bastante tiempo he reptado entre las sombras ocupando un lugar privilegiado entre los exiliados y los malditos, pero ¿qué privilegio se tiene cuando tu sola existencia está marcada por la sombra de la muerte?

Vine a este mundo semejante a un ave de mal agüero, cargando sobre mis hombros la primera lápida desde muy temprano; perdí a mi madre casi al nacer, cayó víctima de esa enfermedad llamada ignorancia, la muerte le fue llevada por aquellos que debían salvar su vida y de nada le sirvió su espíritu luchador.

Esa voz que siempre se había elevado insurrecta para pelear por la igualdad se apagó para siempre tras mi llegada; pasó sus últimos momentos escupiendo sangre y ahogándose con sus propias secreciones; con ese púrpura tan característico de los moribundos esparciéndose por su piel, las venas del cuello y rostro marcadas e hinchadas como a punto de estallar, qué fragilidad debieron reflejar sus ojos tristes al sentir que su vida se acababa.

Mi padre, pensador y hombre solitario, que nunca aprendió cómo estar solo, tomó una nueva esposa acompañada de dos nuevas hermanas para mí. Busqué refugio de las miradas acusadoras entre aquellos que no te observan ni puedes encontrar; entre ellos aprendí el idioma hablado y a interpretar la palabra escrita, recargada sobre las lápidas del cementerio Saint Pancras, eterna morada de la mujer a quien debo el nombre y la existencia.

Era muy joven para entenderlo aún, pero por alguna razón, siempre me sentí mejor entre las tumbas y sepelios; el llanto de los deudos se volvió como un dulce arrullo que a veces añoraba.

En esos días no era extraño ver pequeños grupos de personas apostados durante días para resguardar la integridad de sus difuntos, comúnmente los salteadores de tumbas invadían los cementerios en las noches, en las tardes, incluso durante las horas diurnas. Ellos conseguían los cadáveres para los investigadores, para las escuelas de medicina y para personajes más profanos; yo los conocía bien, hacían el teatro de camuflar los cuerpos, pero siempre los distinguía, no importaba que tuvieran letreros de alimentos, de desechos, de cualquier cosa que pudiera distraer la atención de la ley, aun así, el olor a muerte les precedía; casi podía ver frente a mi esos ojos en blanco, esa piel gris inerte, uñas sucias que seguían creciendo, cabello enmarañado y sus partes pudendas al descubierto. Así debía de ser, era un delito robar las prendas, las mortajas, las alhajas, pero la carne muerta no tenía dueño y la pagaban relativamente bien.

Encontré el amor a temprana edad en una relación prohibida y qué mejor lugar para consumar nuestra unión que en mi lúgubre santuario privado, era casi cómo pedir el consentimiento de mi difunta madre.

MARY SHELLEYAlgunos datos de Mary Shelley que ayudarán a conocer una vida torturada, rebelde y profundamente romántica.

Salimos huyendo de la vida, de la gente, de la familia, de la realidad y vivimos despilfarrando amor desenfrenadamente, nómadas, sin un lugar a donde ir o a donde llegar, sin pertenecer a ningún sitio, completamente libres. Entonces mi sombría estrella nos alcanzó, cubriéndonos de nuevo con su maldita suerte.

Mi enamorado no era tan libre y yo lo sabía, él tenía esposa e hijos que abandonó para perseguir a mi lado el sueño de la felicidad, pero ella nos encontró, nos dio caza cual ave de presa hasta que pudo lanzarse sobre nuestra alegría. El luchó, se defendió fieramente, pero ella atacó de una manera inclemente y despiadada, al final, después de mil penurias, logramos sacudirnos de sus furiosos embates. Ella se quitó la vida, dándonos carta abierta para consumar nuestra unión, pero también su sombra pesaría sobre nosotros para siempre.

Al fin nos casamos y el me dio su apellido, mi sonrisa alegre solo era opacada por la presencia de la muerte sobre mí, fiel guardiana y compañera perpetua. Al poco tiempo tuvimos una hija, de cabellos dorados, piel clara, suave y delicada, una hermosa bendición que iluminó nuestras vidas; Todo era perfecto, demasiado perfecto, por dentro yo sabía que esto no duraría mucho.

La pequeña enfermo de manera repentina, empezó a tener fiebres y llantos terribles, yo la abrazaba, la cuidaba, traté de hacer cualquier cosa para hacerla sentir bien, por momentos no podía más, y me tiraba junto a la cuna desesperada entre sollozos desgarradores.

Mi hija primera murió y de ella sólo guarde un pañuelo para recordarla.

Para evitar sentir tanta pena, nos veíamos con amigos en tertulias que duraban hasta el amanecer, mi esposo era un gran poeta y bohemio, nuestro círculo se había vuelto tan cautivador, que incluso una de mis hermanastras se volvió amante de uno de nuestros más cercanos confidentes.

Comenzamos a viajar de nuevo, retomando esa pasión por escapar de la realidad, nos amábamos intensamente de nuevo, aunque ya me era imposible cerrar los ojos sin tener visiones terribles acerca de la sombra de la muerte. Quedé encinta de nuevo y di a luz a un hermoso varón. Tenía los ojos de su padre, su fuerte barbilla y su cabello quebrado oscuro. A veces cuando lo cargaba, llenándome de su aroma, sentía una calma absoluta, el cielo se despejaba y podía sentir de nuevo la felicidad.

Esto tampoco duró mucho, de alguna manera a pesar de mis cuidados, la enfermedad negra consiguió entrar a nuestra casa, una triste desgracia, pudiendo elegirme a mí, el ángel de la muerte descargó su ira sobre mi hijo, arrastrándolo al inframundo de la peor manera posible. La piel se le pegó a los huesos, su tono rosado cambió por el gris, los ojos hundidos, sin brillo, los labios partidos, la boca seca y al final, otro cuerpecillo inerte entre mis brazos, bañado por las lágrimas de una madre condenada a la desdicha, esta vez guardé un mechón de su cabello, que coloqué en una cajita junto al viejo pañuelo, recuerdo de la gran tristeza de ver a mis hijos morir ante mis ojos.

Las pesadillas se volvieron más intensas, insoportables; un entrañable amigo me retó a escribir una historia terrible, algo que fuera capaz de amedrentar al más valiente y lo hice.

Tomé a la criatura, al monstruo que habitaba dentro de mí y lo plasmé en papel; sólo tuve que vaciarme un poco, realmente la historia ya estaba hecha, aquel fantasmagórico ser creado con los cadáveres de muchos cuerpos distintos ya existía, se movía en un plano invisible, sólo me eligió para concebirlo, para traerlo a la vida.

Entonces el destino manifestó sus oscuros planes nuevamente, concebí otra niña que me fue arrebatada a los dos años, un mechón más para la caja de las reliquias, después, mi esposo.

Su cuerpo sin vida fue encontrado casi putrefacto en las playas de Italia, donde lo enterraron. Pero ¡yo no iba a permitir eso! Me reuní con los amigos más cercanos, viajamos hasta allá y como los viejos salteadores de tumbas exhumamos el cuerpo. Muy a nuestra manera, en un rito casi pagano incineramos el cuerpo. Recuerdo haber sentido sus manos hinchadas, esa tonalidad verdosa y el aroma a muerte; ¡no podía creer lo que estaba pasando! ese terrible inquisidor fúnebre al fin me había arrebatado lo que más amaba en esté mundo, pero estaba decidida a no permitir que mi pasión desapareciera, que mi amor mermara, que su alma fuera olvidada para siempre; aquel ser tan magnífico sería recordado, me hice la promesa de dedicar hasta el último de mis últimos días dando a conocer su obra, sus poemas, su historia.

Entonces hice lo que cualquier amante fervorosa hubiera hecho, rescatamos su corazón de entre las llamas, ese corazón tierno y delicado que me había enamorado desde muy temprana edad. Uno de mis amigos

intentó quedárselo, pero ¿qué derecho tenía?, ese corazón era mío, el me lo había entregado desde antes, incluso se lo arrebaté a vida, a la realidad misma.

Me arrojé sobre el fúrica y violenta, arañando, pateando, mordiendo, lo hubiera matado loca de ira si no nos hubieran separado. Entonces, tomé el corazón tibio, lo envolví con uno de sus poemas y lo coloqué donde debía estar, conmigo, con mis muertos, con mi vida, en la caja de las reliquias.

Lo que acaban de leer queridos amigos, es un pequeño tributo a la magnífica escritora, Mary Shelley, quién naciera un 30 de agosto de 1797 en Londres. Su obra inmortal ha servido de inspiración a muchos creadores a través de los tiempos y un servidor no ha sido la excepción.

Les deseo que todos sus sueños se cumplan

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