Por los siglos de los siglos un morboso metal: Morbosidad en CDMX
La noche rugía y los ecos de una urbe caótica se mecían entre ráfagas que se incrustaban entre las pieles de los transeúntes. Las sombras que emergían parecían caer como escarcha que sofocaba el ambiente. Así fue la postal de la CDMX que recibió a Morbosidad, el viernes 15 de diciembre en su presentación organizada por Blood Productions en el Gato Calavera.
Alrededor de las 6:30, llegamos a la sede que se convertiría en un altar donde la negra sangre se derramaría. Una llovizna coronaba el cielo, así que nos resguardamos en el corazón del foro; nos comenzamos a preparar para la sacrílega ceremonia. Un poco antes de las 8:00 tomamos nuestro lugar y emprendimos el descenso.
El exordio estuvo a cargo de Viölent Hëx, un dúo que de inmediato abrió la primera puerta. Una energía punk y un aura negra golpearon el recinto. Riffs rasposos y una batería que se movía como un engendro a toda velocidad hicieron sacudir las cabezas y nacer chispazos de hostilidad entre los congregados. El violento embrujo de la agrupación acrecentó las blasfemias iniciales y los primeros demonios fueron conjurados.
La misa del infortunio crecía como una jadeante bestia mientras más figuras se unían al culto. En consecuencia, una segunda puerta fue derrumbada por Blaspheme Rites. Los pastores de la herejía dibujaron diagramas del caos entre los estruendos de sus guitarras. Seguidamente, sus acordes de bruma envolvieron el templo para que las almas del purgatorio pudiesen deambular como fuegos fatuos. Con una precisión infernal dieron su sermón; levantaron los aplausos de la masa.
La velada avanzó como un reloj que se apresura para el apocalipsis; por consiguiente, sin miramientos la tercera puerta cedió ante la devastación de Ahwave. Furia y adrenalina supuraban de sus instrumentos mientras una voz de flama encendía el escenario. Las almas en pena danzaron al ritmo de un negro rock and roll. En definitiva, la escuadra mostró un acero bien afilado y creó una hoguera de mosh como un sacrificio previo al gran final.
El golpe de las manecillas era el presagio de la bestia que estaba por liberarse. Ante esta espera, las sombras se revolvían inquietas; como resultado, la última puerta cayó ante la presencia de la leyenda. Morbosidad subió al púlpito; todos los demonios se postraron ante ellos. Tomas Stench tomó el manto de sacerdote de la malevolencia; la anti eucaristía inició con cantos consagrados a la muerte. Algunos problemas técnicos se suscitaron; no obstante, Morbosidad, pudo replantarse y seguir con una cátedra de riffs infernales y una batería que golpeaba como un yunque inclemente.
La oscura fogata fue alimentada con la pútrida imagen del nazareno y las aberraciones de la noche aullaron junto a Stench para proclamar la muerte de un dios de miseria. Por otro lado, Ziek Drachenfels hacía que su guitarra derramara de manera magistral un vómito profano que intoxicaba los cuerpos de los acólitos. Asimismo, Prokingu abría un abismo que retumbaba en el ataque de su bajo y junto a él, S.A Warr castigó sin misericordia unos tambores que poseían el eco del caos.
El público se mostraba enérgico; por consiguiente, Morbosidad derramó pasión y sangre en cada maldita nota entregada a sus seguidores. Ante esto, los congregados elevaron su voz con el nombre de la banda para que la crudeza del ceremonial siguiera. Durante algunos momentos Stench tuvo problemas con el micrófono; sin embargo, no fue impedimento para que la leyenda prosiguiera con el calvario y que cada uno de los integrantes entregaran sus almas para que el templo se convirtiese en un infierno, en el cual quedaría grabado un morboso metal por los siglos de los siglos.
En suma, fue una noche de blasfemia en la que las bandas abridoras se lucieron y mostraron su talento; asimismo, Morbosidad encendió un fuego infernal y mostró porque se ha vuelto una leyenda.
Agradecemos todas las facilidades a Blood Productions
