La leyenda del fuego negro: Sabbat en Sangriento, CDMX
Me muevo entre las entrañas de la ciudad del caos. Reviso de manera constante el reloj para llegar a mi destino sin prisa. Llego al metro Refinería y sigo a los primeros melenudos que veo. Mi paso es lento y constante, mis pensamientos vagan mientras me encuentro con la puerta del Sangriento. La observo y siento el presentimiento de entrar en una historia que será inolvidable.
El paisaje es colorido y agitado. La fila es una serpiente que crece poco a poco. Asumo mi roll de testigo para presenciar la gesta que se avecina a cargo de Sabbat. Seguidamente ingreso en los terrenos de la Arena Sangriento y aguardo el inicio.
La apertura aparece con los primeros brotes de obscuridad. Con salvajismo y ansia de destrucción salen los primeros jinetes de la ruina. El público se empuja contra la valla. Asimismo, los riffs son sierras que destellan en las sombras. Los cuerpos simulados en la parte superior del escenario bailan al ritmo de los malignos conjuros de Hell Desecrator. De manera consecutiva, se levantan aplausos y gritos; la primera flama negra se enciende.

La noche avanza y la obscuridad devora el recinto; en consecuencia, las sombras se cierran de forma gradual. El suelo se pobla de carne y Ahvawe salta como un felino furioso. Las notas son descargas en los cráneos. Distingo movimientos entre claroscuros que se revuelven con la potencia de la banda. Un rock and roll a toda velocidad y directo en las entrañas. La energía explota y la multitud arde.

El espacio está atestado y la penumbra bien colocada, así que los verdugos salen a realizar su trabajo. Su sonido es un lamento y su cólera innegable. La horda los mira atentos; ellos destilan la pestilencia de la muerte en sus guitarras. La blasfemia se incrusta en las frentes y los cuernos se alzan para coronar a Necroneutron.

Los verdugos son inclementes y sus notas son cuchillas sedientas. Los asistentes enloquecen y la parca se columpia en la mano de NecroRipper (cantante). El mosh es retrato de insania. Por otro lado, los engendros del escenario aplastan todo a su paso. Sumado a esto, un invitado muy especial se une, Rigel Walshe (Diocletian, Dawn of Azazel) arriba desde Nueva Zelanda para unirse a la masacre. La danza macabra se extiende, el cuero negro y la mezclilla chocan y la guadaña se erige con esplendor. Necroneutron se retira con señorío.

El tiempo golpea en las legiones que invaden el Sangriento y el grito de guerra nace: “Sabbat, Sabbat, Sabbat…” Unos momentos después, Gezol sale con sus guerreros y los puños son catanas en signo de honor. El veneno se derrama y los tajos de los riffs son certeros. Satán aparece entre plegarias eléctricas. Asimismo, el señor Masaki Tachi es un emperador que agita su maldita hacha para forjar un negro metal entre los aullidos de la muchedumbre. El bombardeo parece un fuego infernal que toma las almas a su paso; por consiguiente, las milicias se retuercen entre golpes y empujones.
Sabbat es una bestia frenética, su aura de lucha es implacable y la entrega de los espectadores es suicida. Cada pieza musical es un dragón que lo engulle todo. Veo que el foro parece con más espacio; no obstante, es una ilusión. Todos los combatientes se han comprimido enfrente del escenario.
Gezol imponte todo su carisma y el gentío ruge. El sonido es un trueno en las almas y todos somos soldados de la banda dispuestos a cumplir cualquier misión, incluso más allá de la obscuridad y la maldad. De manera posterior, momentos épicos detonan y los círculos de carne chocan en feroz cruzada.
El despliegue de la agrupación es soberbio, es una hybris que reta a los dioses. Además, la audiencia está a merced de los titanes de las tierras del sol naciente que han relucido un acero mortal en cada canción; por ende; “Sabbat, Sabbat, Sabbat,” retumba en gargantas rotas.
La fogata se aviva con sangre, sudor y honra. Los corazones baten al igual que tambores de guerra. Sabbat ha dado todo sobre el altar; sin embargo, aún falta el ciclópeo cierre. La hoguera se oscurece; el fuego negro se precipita. El Sangriento se quema con la embestida y las legiones marchan por última vez en esta historia.
Sin duda, ha sido un magno concierto y un momento de gran importancia dentro del panorama de los conciertos de metal en la historia de los últimos años en México, pues se logró un lleno total en estos tiempos extraños de desconfianza y saturación de eventos.
Agradecemos todas las facilidades a Roberto Ángeles de Grindestroy y a todo su equipo.
