La Hermanastra Fea: La suprema reina belleza

Se tiene que empezar por evocar irremediablemente la obra maestra de Coralie Fargeat, La Sustancia (2024),

para intentar hacer una crítica a La hermanastra fea. ¿Por qué? Porque es la cineasta francesa quien abre un panorama coyuntural en el debate sobre la belleza y la objetivación de la mujer en la industria del cine, y en general en el concepto de lo femenino dentro del patriarcado anglosajón. Lo hace con un lenguaje de imágenes a veces abstractas, con un tono que algunos podrían considerar excesivo en su uso de lo grotesco, lo sangriento y la descomposición corporal. Estas características se incorporan a una narrativa aparentemente simple —el proceso de envejecimiento de una exestrella de cine— para generar una experiencia puramente cinematográfica. El resultado eleva la vara a un nivel cenital, y aunque cae en la palabra francesa “cliché”, nos permite ser testigos, como ya lo mencioné, de una auténtica “obra maestra”.

De forma curiosa, Coralie Fargeat y la directora noruega de La hermanastra fea, Emilie Blichfeldt, comparten una correspondencia clave en la realización de sus películas: el uso (o apropiación) de escenas y recursos estilísticos del genio norteamericano del cine, Stanley Kubrick. En el caso de Fargeat, las referencias en La Sustancia, protagonizada por Demi Moore, son innumerables; mientras que en la película de Blichfeldt, la alusión es puntual y evidente: el close up a los ojos de Alex en A Clockwork Orange durante la tortura audiovisual en el reformatorio. La directora noruega reactualiza esta técnica escénica, representándola ahora como una fase del proceso de perfeccionamiento estético. En dicha secuencia, la hermanastra Elvira —interpretada por Lea Myren— sufre cómo le cosen las comisuras inferiores de los ojos para colocarle pestañas postizas, una imagen perturbadora que cuestiona los cánones de belleza heredados de la cultura francesa y, por extensión, la idea de lo “bello” en la sociedad contemporánea.

La hermanastra fea es una reinterpretación del cuento de La Cenicienta, recopilado por los hermanos Grimm. Esta versión cinematográfica, hablada principalmente en noruego (aunque incluye diálogos en otros idiomas europeos en algunas proyecciones internacionales), narra la historia desde la perspectiva de la hermanastra Elvira. La cinta se apega de manera sorprendente a la crudeza de la recopilación original de los Grimm, rescatando su terror, su dramatismo, su crueldad y la oscuridad estética que Disney, por ejemplo, había atenuado en el siglo XX.

Ambientada hacia mediados del siglo XIX, la película recoge y representa temas y conceptos propios del Romanticismo alemán: la fantasía, el romance, el sexo, el hedonismo, el egoísmo, los remedios mágicos, la confrontación entre amor y muerte. La fotografía y la escenografía refuerzan este aire romántico, con interiores oscuros, vestidos de época y un tono pictórico cercano a la pintura prerrafaelita.

Durante toda la cinta se exploran las tensiones en torno a la ideología del amor romántico, la obsesión por el otro hasta alcanzar la felicidad o la destrucción. Se muestra la presión social que experimentan las mujeres, tratadas como mercancías o ganado frente a la elección masculina de la “perfecta”. A la vez, se expone la competencia entre ellas mismas por alcanzar esa perfección, tema que resuena de manera alarmante en la actualidad con el auge de las redes sociales. Hoy, el incremento exponencial de las cirugías y tratamientos cosméticos se ha convertido en un canon cultural, casi en un requisito, subrayando aquel “malestar en la cultura” que Freud señalaba, y que se expresa en el rechazo al envejecimiento, la descomposición y, en última instancia, la fealdad del cuerpo.

El viaje figurativo y degenerativo de La hermanastra fea culmina con la recuperación de un arquetipo de la fealdad elaborado por la tradición francesa. El desenlace es paradójico y brillante: un espejo deformado que invita a reflexionar sobre el canon de belleza impuesto por Francia, país que hasta hoy lidera la industria cosmética y farmacéutica mundial con sus cremas, perfumes, geles, champús y un sinfín de remedios para alcanzar la “belleza”.

En suma, esta es una visión que solo una mujer podía materializar en pantalla: una crítica mordaz, satírica e ingeniosa que abre camino a nuevas películas con la misma valentía estética y política.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *