Tengo que empezar admitiendo que estaba nervioso y ansioso: era mi primera vez viendo a The Adicts. Así que decidí —“inteligentemente”— ayudar a mi sistema nervioso a relajarse comprándome una lata chica de Miller High Life y bebiéndola en el trayecto del metro, de Tacubaya a Velódromo. Algo me decía que sería una noche de ingesta industrial de cerveza… ¡más vale empezar temprano que nunca!
El viaje fue tranquilo, sin ningún policía a la vista, ni dentro ni fuera del vagón. Iba tomando mi cerveza con calma, hasta que el tren se detuvo más de lo normal en Chabacano. La pausa permitió que subiera más gente; algunos me miraban cada vez que sacaba la lata de mi mariconera negra, pero nadie decía nada. No eran miradas agresivas, solo curiosas. El tren, detenido, me dio más tiempo para darle mate antes de llegar a mi destino.
Al fin llegué a Velódromo y descendí esperando encontrar ya a los punks clásicos: vestidos de negro, pantalones deshilachados, chamarras de cuero con estoperoles, parches, cadenas, rostros pintados, mohicanos alzados… y también, por supuesto, a los droogs de La naranja mecánica. Pero nada de eso sucedió dentro de la estación. Bajé las escaleras rumbo a la salida y fue ahí, al cruzar los torniquetes, donde me encontré con todo lo descrito arriba.
Eran las 6:45 p.m., llovía tupido y todos se refugiaban bajo el techo de láminas frente a la entrada de la Carpa Velódromo. El humo de marihuana se mezclaba con la lluvia; había manos con monas, labios con Tonayans, humo de tabaco y olor a caña. Eran los punks calentando motores para el gran circo ritual.
En ese momento recibí una llamada: era mi amigo el Quesos, que estaba por llegar. Le dije que lo vería junto a los barandales, donde el ambiente ya era de fiesta y la lluvia comenzaba a menguar. Llegó acompañado de cuatro amigos. Conmigo éramos seis, curiosamente el mismo número que The Adicts mostrarían esa noche en su alineación.
Uno de ellos, Pechan, no tenía boleto. Lo acompañamos a la taquilla para comprar uno, pero cuando llegó su turno, la encargada le dijo que ya estaban agotados. La persona antes que él había comprado el último. Pechan regresó con la noticia y la carrilla no se hizo esperar.
Para levantarle el ánimo, decidimos ir por unas cervezas antes del concierto. Entramos a un lugar a unos metros del Velódromo, frente a los campos de fútbol del parque. Una coincidencia curiosa, porque The Adicts cerrarían con un himno de un famoso club inglés. La atención fue pésima y nos retrasamos; queríamos alcanzar a escuchar las últimas canciones de las Bloody Benders, pero no lo logramos. Al menos, la chela estaba buena.
Era momento de entrar. Nos despedimos de Pechan sin desanimarlo, recordándole que siempre existía la posibilidad del famoso “portazo”. Él, con resiliencia punk, nos dijo que esperaría por si ocurría.
Entramos a la Carpa a las 8:20 p.m., no sin antes comprar dos cervezas cada uno. Estaban a $190 pesos, pero a nadie le importó: la energía ya era tan alta que hicimos la transacción casi por instinto.
A esa hora, MESS

sonaban con fuerza desde el escenario. El bajo pesado, la distorsión, el tupa-tupa de la batería y los guturales creaban una sonoridad poderosa. El vocalista-guitarrista cerró su set (8:55 p.m.) anunciando:
“Prepárense para recibir a las leyendas británicas del punk… ¡The Adicts!”
Nos acercamos lo más posible al escenario, hasta que ya no pudimos avanzar. Estábamos del lado derecho, cerca de la barra. El público había crecido enormemente cuando el Quesos recibió un mensaje: el portazo se había dado. ¡El punk no ha muerto! Pechan estaba adentro.

Aproximadamente 15 minutos después, el recinto se sumió en la oscuridad mientras sonaban los acordes de Blitzkrieg Bop de los Ramones —banda de la que The Adicts tomaron el nombre de su tour Adios Amigos. En la pantalla, el logotipo del grupo brillaba en blanco prístino. Entonces se escuchó el sintetizador de Wendy Carlos, el mismo de A Clockwork Orange, y los seis droogies subieron al escenario: Monkey, Pete Dee, Kid Dee y compañía.
Monkey apareció con unas alas de mariposa o de pavorreal, según cómo se le quiera ver. El alarido del público fue ensordecedor: una masa de energía a punto de estallar en un trance punk. Sudor, lágrimas y sangre.

Let’s Go, Joker in the Pack, Horrorshow, Tango, Don’t Exploit Me… el grupo ya había lanzado kilos de serpentinas, papelitos, cartas de póker y globos. Monkey abría su paraguas como quien preside una misa del caos. Siguieron Johnny Was a Soldier, Straight Jacket, Numbers; el moshpit era frenético, un tipo incluso hizo crowdsurfing en silla de ruedas.
Con Troubadour, el público bajó el ritmo. Todos cantaban al unísono, bailando, sudando, riendo. The Adicts guiaban la noche como una montaña rusa de emociones: furia, ternura, euforia.
El clímax llegó con sus últimos cuatro himnos: Bad Boy, Steamroller, Viva la Revolution y You’ll Never Walk Alone. Con esta última, Pete Dee tomó el micrófono y dijo:
“Mexico… Now just you.”
Y el público respondió al unísono:
Walk on, walk on
With hope in your heart
And you’ll never walk alone…
La carpa entera era un mar de pelotas multicolores, más serpentinas, confeti y humo que se elevaba hasta el techo, mientras las voces del público traspasaban la lona para perderse en la noche, llegando hasta las estrellas.
Como símbolo de cierre —¿o de renacimiento?—, Monkey, que había iniciado el show con alas gigantescas, terminó sin camisa y casi sin pantalones, como una oruga regresando a su forma inicial. Una etapa terminada, un ciclo cumplido.

Los asistentes salieron extasiados, con la energía aún vibrando. Nosotros decidimos prolongar esa electricidad con más cerveza. Porque sí: el punk sigue vivo, y sí, los payasos, bufones y arlequines lo ejecutan como nadie.
Agradecemos las facilidades recibidas por parte de Zepeda Bros Music Group para realizar la cobertura.
Especial mención a Ulises CG por las fotos.
