Flamas de Victoria: Crónica del Candelabrum Metal

Flamas de victoria: crónica del Candelabrum Metal Fest

Antes de la primera nota del amanecer, encendí los motores y comencé la jornada con destino a León. Claroscuros se desdibujaban entre montañas que parecían la obra de un añejo artista. Después de algunas horas, llegué a la ciudad que prometía una inolvidable hoguera.

La cita para el festival era por la tarde, así que primero realicé mis diligencias para poder partir sin ningún pendiente. Por cuestiones personales, salí un poco tarde y no puede ver a la primera banda. Cuando arribé a la sede del festival, el acceso fue muy rápido y la organización de las personas que custodiaban la entrada me pareció buena. Realmente, no tengo ninguna queja.

Al ingresar, comencé a escuchar unos desgarradores lamentos que se mecían entre los oscuros pasajes del heavy metal. Attic, la umbrosa banda germana, iba dándole forma a la fogata. Su negruzco acero convocaba espíritus alrededor de las llamas; el público respondía al oscuro llamado. Con contundencia y teatralidad, la agrupación mostró la calidad de su música; los espectadores aplaudieron la tétrica misa.

Posteriormente, unas adustas paredes se construyeron alrededor del escenario; pesados acordes se ciñeron al ambiente; Evoken salió para ofrecer una visión laberíntica y sumir a sus espectadores en pasajes lentos y reflexivos. Los estadounidenses removían el fuego con turbias ondas, las cuales llegaron hasta lo más profundo de los corazones de los atentos y solmenes asistentes. Su doom metal fue un aciago vino que nos recordó el goce la desesperanza. Sin duda, una presentación impecable.

Enseguida, se presentó Cadaver. Desde el primer segundo, este grupo originario de la gélida Noruega mostró que estaba dispuesto a destruir el escenario con su brutalidad y entusiasmo. Las flamas se avivaron aún más con los soplos de Escandinavia. Cadaver se levantó desde la tumba para para demostrar cuánta vida le queda y que quien está realmente muerto y no se levantará es el Nazareno. En definitiva, los nórdicos dieron una embestida titánica. Ojalá que esta no haya sido su única visita y pronto podamos verlos de nuevo en México.

En este punto, me encontraba a la mitad del primer día y todo se desarrollaba de manera excelente. Los horarios se respetaron al pie de la letra y cada agrupación se presentó sin ningún contratiempo. Detrás de estos aciertos, se observa un pleno compromiso por parte de los organizadores. En cuanto a mi experiencia en el área VIP, puedo decir que valió totalmente la pena. Aunque se exigía un consumo mínimo de cerveza para estar en las mesas de esta zona (algo frecuente en este tipo de festivales), siempre encontré lugares para degustar de esta bebida y recobrar fuerzas para las siguientes presentaciones. La comida y las mercancías ofrecidas también fueron excelentes, así como la atención de los responsables de estos menesteres. Por desgracia, también existen pseudo-críticos, como los actuales memeros, que dirían que la atención fue buena porque casi no había asistentes, un análisis erróneo y malintencionado. Teniendo en cuenta que se está saliendo de la pandemia y que es la primera edición del presente festival, se puede afirmar que tuvo buena recepción.

Después de este ínterin, mi experiencia agradable continuó con Tribulation, cuyos integrantes se presentaron como infames señores de la noche. Con sus imponentes guitarras, narraron ominosas historias y tiñeron de negro las velas del candelabro. Las llamaradas se dejaron seducir y se entregaron al horror de esta enorme banda.

Poco antes de la media noche, una leyenda canadiense apareció con todo su poderío: Voivod estaba en casa. Su escuadrón de músicos hizo gala de una ejecución, ora del más alto nivel, ora de la más vehemente pasión. El grupo ofrendó su versión Astronomy Domine, de Pink Floyd. Piezas como Planet Eaters, Sleeves Off también hicieron arder a la masa, que azotaba la cabeza bajo el cobijo de la noche. El carismático Snake, cantante de la agrupación, hizo que la fogata creciera entre las sombras. Para concluir, interpretaron Voivod, que levantó caóticos coros que alimentaban a esa máquina que incineraba el escenario. El público ovacionó a la legendaria banda, que dio todo en su presentación.

Para llevar al punto máximo la hoguera del primer día, aparecieron otros veteranos. El recinto se tornó una mesa de operaciones y los cirujanos a cargo eran los integrantes de Carcass. Destellos de brutalidad cercenaban las tinieblas. El público era como un paciente sometido a un tratamiento de canciones como Buried Dreams, Under the Scapel Blade, Genital Grinder. Con su éxtasis y dominio característico, los británicos supieron encender el fuego de la hoguera con Heartwork y, para brindar la llamarada final, la banda tocó Captive Bolt Pistol. Sin duda, fue un primer día espectacular, el cual vaticinaba una segunda parte igual de emocionante.

Aunque al día siguiente me presenté un poco tarde, aparecí en el momento exacto para ver el ritual de Mordskog. La banda arremetió con su guadaña y mostró la fiereza de su black metal. Las primeras flamas negras se conjuraron y la banda rindió un solmene culto a la muerte. No obstante, la banda también celebró a la vida y el hecho de haber sobrevivido a la pandemia. Una corona mortuoria se alzó; las flamas comenzaron a resplandecer. Un excelente show que dejó en claro que el metal mexicano es de la más alta calidad.

Al pasar unos minutos, un veloz trueno retumbó y Night Demon comenzó su ataque con el cual encendió los ánimos de los asistentes. El afilado metal del grupo se fundió entre las llamas y las melenas empezaron a ondear con afilados canticos. La noche devoró el día y gritos en la noche estallaron. La energía de la banda contagiaba al público. El Candelabrum se perdió en la obscuridad de la noche. Para culminar su presentación, los demonios decidieron rendirle homenaje a la doncella de hierro y entonaron Wasted Years, pieza que hizo reflexionar sobre lo perdido en estos dos años de pandemia. Night Demon ofrendó totalmente su corazón para que ardiera más la fogata del festival.

En el trascurrir preciso de las manecillas del reloj, apareció una de las tropas más esperadas, Blood Incantation. Sin piedad alguna, los americanos arremetieron con toda su brutalidad. El calor aumentaba mientras la metralla se impactaba. Notas furiosas y voces cavernosas nutrían el fuego. Los asistentes se extasiaban con la ciclópea ejecución de una banda que sin ninguna pomposidad dio cátedra de cómo se hace un death metal de élite.

Las flamas siguieron avanzando y el momento de Cirith Ungol llegó. Una obscurecida legión se posó sobre el escenario; el fuego comenzó a danzar. Una vetusta magia emergía de la voz de Tim Baker mientras notas fantasmales nacían de la guitarra de Jim Barraza. Sobrios y simples dieron un elegante show, en el cual resonaron temas como I´m Alive, Black Machine y King of Dead. Sin duda, Cirith Ungol ofrendó de manera sincera sus conjuros para las velas del candelabro.

Seguidamente, tres encapuchados tomaron el escenario y comenzaron una llamarada de caos. Inclemente y veloz, Midnigth se lanzó con salvajes canciones para encender hogueras de mosh entré el público. El vértigo y descontrol emanaban del poderoso trío, que sin miramientos vomitaba aguerridas letanías que detonaron el ímpetu de los espectadores. En pocas palabras, la banda abrasó al festival y dejó la fogata en un total éxtasis.

La mitad del segundo día estaba presente. El público se veía bastante satisfecho y emocionado. De nuevo, los horarios de las bandas fueron respetados en su totalidad. La calidad del sonido fue impecable y potente, no podría tener queja alguna. Como en el primer día, el servicio de comida estuvo bien organizado y mi experiencia con los platillos fue excelente. Los organizadores estaban comprometidos en ofrecer al público y a las bandas la mejor experiencia posible.

Después de este receso, fui encontrarme con unos hijos del sol naciente, Sigh, que arribó por primera vez a tierras mexicanas y lo hizo con un poderío abrumador. Como una punzante catana, sus integrantes abrieron las llamaradas y demostraron toda su brutalidad. Con solemnidad y honor, los japoneses mostraron su filo y ardor. El público reverenció a estos guerreros que, sin duda alguna, salieron victoriosos de esta primera visita.

Al avanzar la noche, el fuego se avivaba con vehemencia. La saliva de salamandra intoxicaba el recinto, la ferocidad no acallaba; era el turno de Sadistic Intent. Impíos y colosales atacaron. Riffs cortantes y machacantes chocaban en la multitud. Los disparos no se detenían; no existía el tiempo para la piedad, sino para la aniquilación. Fastuosos reyes del death metal demostraron porque sus devotos les profesan una mórbida fe.

Los murmullos entre las sombras conjuraban porque el candelabro siguiera ardiendo; las suplicas fueron contestadas. Un cirio se encendió y tambores sonaron en la profundidad. Pesados acordes se pronunciaron y el sollozo de Johan Längquist estremeció al vulgo. Lóbregos pasajes fueron dibujados por las guitarras de Lars Johansson y Mappe Björkman, mientras Leif Endling y Jan Linhh marcaban aciagas marchas. Noctívagos cantos como the Well Of Souls, Mirror Mirror, Bewitched resonaron. Candlemass hizo temblar a León con sus insondables sonidos, el público fiel se fundía al crespón construido por los suecos. Al final de la prestación, un eco abismal pronunciaba “déjame morir en soledad”.

Minutos pasaron y un puntal aullido azotó la Velaria de la feria. Unos lobos lusitanos descubrieron sus fauces y asestaron una mordida letal. El embrujo de Moonspell comenzó con The Greater Good y Extinct. Seguidamente, invocaron el espíritu de Fernando Pessoa para que el opio encendiera las llamas. Fernando Ribeiro y sus colegas agradecían a los mexicanos por ser uno de los mejores públicos y como presente derramaron toda su alquimia. Desataron una noche eterna; nos llevaron al fin de mundo para firmar un pacto fáustico. De entre las flamas, también surgió Vampira y el himno Alma mater. Los lobos dejaron salir toda la locura y a una jauría espectral para terminar con el tema: Fullmoon Madness.

El final se acercaba y una máquina de matar yacía tras bambalinas. Las luces murieron, los gritos clamaban por una leyenda neoyorquina. Cinco minutos antes de la media noche, un resplandor explotó; una aplanadora salió sobre el escenario. Overkill apareció. Por consiguiente, el caos revoloteó y las llamas que ardieron al máximo. Wrecking Crew, Hello From the Gutter estallaron como proyectiles certeros para dejar salir a una serpiente eléctrica que rondaba sobre la fogata. Bobby Blitz, D.D.Verni, Dave Linsk y Jason Bittner salieron a aniquilar. A pesar de que la ausencia de Derek Tailer se hizo evidente en el escenario, la banda puso toda su ferocidad para llenar ese vacío. La actitud aguerrida de Bobby y la maestría de Verni se exhibían como un ejército dispuesto a no dejar sobrevivientes. El mosh, ora el área general, ora en la VIP, nacía como olas magma. Los veteranos, en cada nota colocada, demostraron el motivo por el cual son una verdadera leyenda del thrash. Podridos hasta la raíz, trajeron una noche llena de descontrol y efusividad. Para casi terminar, Overkill entonó su himno: Elimination, con el cual la fogata soltó enormes llamaradas. Después, la obscuridad volvió a cubrir la sede y todavía quedaba un poco de la fiesta para concluir. Uniformados con máscaras de luchadores, la banda escupió Welcome to the Garden State y Fuck You. Sin la menor duda, los neoyorquinos dieron una culminación magistral.

En suma, este fue un festival muy espectacular. Todas las bandas salieron en tiempo; el sonido fue el ideal; la elección del cartel fue adecuado y llamativo; el área VIP fue excelente y la seguridad cumplió su función de salvaguardar la integridad de los asistentes y de las bandas. Definitivamente, la primera edición del Candelabrum fue extraordinaria y un gran ejemplo para otros festivales. Loores para este festival y sus organizadores. Que la flama siga ardiendo.

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