Reseña de“Vía Purgativa: Qui Spiritu Diaboli Aguntur Hi Filii Satanae Sunt” Nuevo álbum de Black Hate.

   Reseña de“Vía Purgativa: Qui Spiritu Diaboli Aguntur Hi Filii Satanae Sunt” Nuevo álbum de Black Hate.

Black Hate es una de las bandas más destacadas de escena nacional, la cual comienza su andar como un proyecto en solitario de Ikannuna BG, quien en esas primeras épocas exploró el abismo del Depressive Black Metal. Posteriormente, en 2012 apareció el álbum “Los tres mundos”, que representó un punto de inflexión en su trayectoria musical. En ese periodo, el proyecto dejó de ser de un solo hombre; se configuró como una agrupación. Además, el manto del DBM cayó. De esta forma, el grupo se reconfiguró con el aporte de diferentes elementos. Todos sus integrantes se aventuraron a caminar juntos por un sendero cuya propuesta sonora implicaba experimentar de un modo nuevo la cosmovisión y la percepción de la música.

 

“Los tres mundos” marca el inicio de una trilogía conceptual. Seguidamente, en 10 en 2016 se publica el segundo eslabón que llevó por nombre “Trough the Darkness”, un material crudo con halo de furia y frenetismo; luego en 2020 salió a la luz “Altalith”, trabajo que se convirtió en la corona de la banda, pues la catapultó como una de las propuestas más innovadoras del metal mexicano. Y ahora en 2024, Black Hate presenta “Vía Purgativa: Qui Spiritu Diaboli Aguntur Hi Filii Satanae Sunt”, placa que marca el camino hacia una nueva saga. Compuesto por siete temas, este álbum propone una vía mística que se podría interpretar como un encuentro con lo misterioso y lo inaccesible. Es una búsqueda de la revelación de Dios, es decir, el conocimiento experimental para conocerlo y alcanzar la unión con Él. Este proceso introspectivo para encontrarse con la deidad invita a dejar atrás los apegos y los vicios; así, se puede subir el primer escalón hacia lo que está más allá de nuestra concepción terrenal.

Este álbum comienza conThe Firmament”, cuya función es justamente introducir al iniciado en el viaje de catábabis. Un palpitar encamina al oyente hacia la visión de una perpetua obscuridad. Cánticos sujetan al espíritu para que siga adentrándose en una infinita catedral. El diálogo de la muerte con el caballero cruzado de la película el “Séptimo sello”, de Igmar Bergman, resuena como una pregunta incesante en la que se cuestiona si durante este derrotero encontraremos a Dios, a la insoldable nada o si nos perderemos en los brazos del Demiurgo.

En seguida, el martirio y la renuncia se manifiestan con “Trembling hands of Sorrow”, pieza poderosa y demoledora que sumerge al escucha en el desasosiego con riffs que oscilan entre disonancia y momentos primitivos. El aura es el dolor y el desconcierto por buscar al Creador entre la nada mientras la carne treme entre la penumbra. Para expresarlo con más notoriedad aún, la batería golpea con la fuerza de un cíclope, y la voz nos transmite el sentimiento de danzar entre la cólera y el miedo.

Ante todo este frenesí, “Luminous Ruins of Death” aparece para dar un pequeño respiro. No obstante, el descender hacia la obscuridad también implica reflexionar sobre la destrucción y la creación de nuestro propio ser. Por consiguiente, el sosiego es una ilusión que se diluye entre riffs lacerantes, en los cuales el bajo se siente como un corazón que palpita entre el sufrimiento y el anhelo de la revelación. Momentos de furia y lobreguez surgen para construir el camino.

Posteriormente, aparece “Tempesad” (o de la transubstanciación)”, una de las piezas que disfruté más. Mientras resuena el primer ostinato, la idea que asalta al corazón es la de ascender; paradójicamente, primero es necesario el descenso y perderse en la más obscura profundidad. La música y los instrumentos llegan a un punto de inflexión. Por un lado, las guitarras repican con laboriosidad junto a una batería vertiginosa. Por otro lado, la voz de Ikannuna transporta a su oyente a terrenos desolados: su canto parece un treno que retumba en los oídos y cuya enseñanza es que hay que dejar la carne e ir más allá. Lo numinoso brota en cada nota; estruja al alma. El misterio de la divinidad golpea con inclemencia como si fuese un martillo que nos advierte que estamos ante la eternidad y la nada inconmensurable; estos elementos son inaccesibles para nosotros pues aún estamos encadenados a la hybris. Los septetos finales, pronunciados con vehemencia, se mantienen en la cabeza como clavos que deberemos llevar en este recorrido turbulento.

El álbum prosigue con “Ascension of the Burning Soul”, en la cual el oyente es recibido

con guitarras airosas; éstas son el preámbulo para desencadenar una pasión abrasadora dirigida por riffs veloces y melódicos. Es como si el oyente estuviese sumergido en ese dolor que lo abarca todo; sin embargo, ese desconsuelo es la antesala de la revelación que parece estar cada vez más cerca.

Posteriormente, una batería rápida y elegante da la bienvenida a “Diasparagmos (O del sacrificio)”, la cual nos lleva de nuevo a un ambiente tenebroso y solemne. Esta pieza es una súplica conjurada por un violento dialecto que toma al oyente y pone su alma en el centro de un altar para que mire la eternidad a la que aspiramos. Un bajo envolvente y riffs misteriosos sumergen al oyente en un canto fúnebre, que también suena con cadenciosa vitalidad.

Todo viaje tiene un final, y este llega con “Dark Nigth of the Soul”, el cual es acompañado de voces profundas que parecen venir desde una recóndita caverna. Estos murmullos, compuestos de azufre y sombra, se unen a unas guitarras inquietantes que crean incisiones en la conciencia. El espectador ya está en ascenso para poder desprenderse de su última atadura. En este punto, hay que cuestionarse si la deidad está dentro de esta tormenta de riffs y si aquella es la voz de un profeta. La batería arremete como titanes que pelean en el firmamento; sumado a esto, las guitarras y el bajo rugen entre pasajes iracundos y densos. La sensación de lo abyecto parece reptar dentro: algo quiere salir de las entrañas y destruir al ser. Voces de navaja y notas tajantes acrisolan la piel para que lo abyecto se manifieste.  Disonancia y locura se conjuntan como la plegaria de la salvación –o quizá de una condena–. Black Hate se muestra con una iluminada fiereza para llevar a su oyente hasta el máximo punto de la purga.

En suma, “Vía Purgativa: Qui Spiritu Diaboli Aguntur Hi Filii Satanae Sunt” es un álbum forjado con pasión y con un concepto bien desarrollado, ora musicalmente, ora en las líricas. La banda muestra un excelente nivel de ejecución sin llegar a los terrenos desmedidamente técnicos. El balance entre la agresividad y lo experimental se amalgaman perfectamente con el mensaje que se quiere transmitir.

Black Hate es un grupo que se trasmuta en un cuerpo nuevo con cada disco lanzado –pero mantiene siempre su esencia–. En este sentido, me aventuro a afirmar que la piel tiene que mudar con el paso de Cronos, y que las cadenas no deben existir. El apego es un freno, lo único constante es el cambio. Ahora bien, otorgar una simple calificación a esta agrupación sería absurdo y maniqueo ya que el arte se rige por estándares más elevados. Me parece más justo decir llanamente que en Metal Obscura recomendamos el trabajo y la música de Black Hate, una de las mejores propuestas de la escena mexicana actual.

 

 

 

 

More from Jonatan A. González
ENTREVISTA CON CLAUDIA ORTIZ DEL COLECTIVO EN LA NOCHE DE LOS TIEMPOS
“El océano es más antiguo que las montañas y está cargado con...
Read More
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *