PINKPOP 1992: EL CABO CAÑAVERAL DE PEARL JAM

Digamos que no eres fan de su música, del estilo. Bueno, no te preocupes, puedes poner el mute y ver este concierto de 1992 sin sonido (allá tú). No importa, lo captarás de todas formas, es imposible obviarlo, igual que es imposible obviar un huracán que pasa por delante de tus narices. Verás al huracán Eddie Vedder contorsionarse; le verás temblar literalmente de pasión; le verás saltar como un puma por todo el escenario; le verás expresar el dolor delante de 60.000 personas; le verás interpretar al mismo diablo; verás la alta temperatura en alguien que canta en pantalones cortos en una fría mañana del octubre holandés; le verás despertar y revolucionar a todo el festival Pinkpop. No estarás ni verás un concierto con artistas tan constantemente entregados a tu disfrute. A los pocos minutos, cuando veas gritar a Eddie a través del vapor en Alive, con los ojos enfurecidos, destrozando el escenario, llevando a las masas (junto a los terribles guitarreos) a la loca demencia, no pondrás resistirte más y tendrás que poner de nuevo el sonido on para escuchar a Pearl Jam.

Todavía sin fama internacional, la banda de Seattle fue colocada a primera hora de la mañana, tras la fiesta electrónica y tras una noche lluviosa y fría. Cuando un jovencísimo Eddie apareció en el escenario trepando los barrotes del escenario, el público, joven y ávido de algo nuevo y potente, ya no sintió frío ni desgana. Estaban conectados al efecto Pearl Jam, que no era un efecto preparado ni premeditado, sino que aparecía ahí, ante sus ojos, sin maquillajes, puro como su música. Cuando hay pasión en lo que haces, dicha pasión se contagia sola sin necesidad de esfuerzo alguno. Los que pensaban irse a dormir antes del concierto nunca se arrepentirán de haberse visto atrapados por la energía eléctrica de la banda; contemplaron historia viva del rock. He aquí un par de pinceladas.

EL CABO CAÑAVERAL DE PEARL JAMs

El show de Pearl Jam comienza con un clásico todavía no alzado (nunca mejor dicho), Even Flow, y ya desde aquí esa mirada colérica de Vedder parece obligar a todos a quedarse y disfrutar del apocalipsis. Las letras de angustia, pérdida, depresión y melancolía van a fluir desde el corazón de Eddie hasta las venas del público. Ya nadie se va a mover, a no ser que sea empujado en el delirio del directo.

Quede dicho ahora que voy a personalizar la energía única del concierto y de Pearl Jam en su cantante y compositor (quizás espoleado por las drogas, quién sabe), pero sin duda el resto de la banda estuvo a la altura. Es una actuación en el apogeo de sus carreras, de sus vidas, y ello se puede ver en el escenario, se contagia incluso hoy, 20 años después de aquel día que ni la banda misma se imaginaba que iba a quedar grabado para siempre en la enciclopedia de la música. Simplemente por ser un concierto natural, sin efectos, ni fans propios, ni previsión. Una flor negra creció en 40 minutos aquella mañana.

A la mitad del concierto, con la llegada de Leash (tras una pequeña pausa en la locura para la desgarradora Black) la comunión entre el público y Pearl Jam es total. Yo diría ya, por ende, entre Pearl Jam y el mundo. Esta canción es un grito a la vejez y a su sistema desde una juventud que no quiere seguir sus pasos, una juventud unida que quiere algo nuevo. Los riffscrecen su nivel y la furia se desata. Aquí vemos a un Vedder cercano al éxtasis, tirándose por el suelo, sin su chaqueta, pero empapado de sudor, diciendo sí con su melena. Sus palabras, cálidas hacia el público y la vida (avance del moderado Eddie Vedder de hoy en día), contrastan con su actitud y con su mirada, altiva y desafiante, como diciendo “vais a ser todos míos”. La imagen de las masas es como en una guerra, empujones y saltos entre la neblina espesa, son todos ya soldados del coronel Vedder, el antiguo surfista, hoy líder espiritual del grunge con permiso de Kurt Cobain.

El lanzamiento al público de Eddie desde una grúa a cinco metros durante el solo de la canción Porch es una prueba clara de la evolución de la industria de los conciertos. Hoy habría sido placado por los miembros de la seguridad, cuyo objetivo debe ser proteger al activo material más valioso, la estrella. Sin embargo, en 1992 si alguien se tiraba al público y se mataba o le arrancaban la melena, era cosa del que saltaba. Uno se podía mover por su instinto. Al fin y al cabo, ¿no está actuando con su instinto, tocando canciones que su instinto le proporcionó?

La escena fue grandiosa. Primero Eddie, con algo de temor, se sube a la grúa ante los aspavientos del cámara, que ve peligrar su culo, y ante la pasividad de los operarios, acostumbrados a este tipo de excentricidades. Eddie pide calma, de repente está serio, la altura es para partirse los morros. Sin embargo, even vuela hasta caer en brazos del público. Desde aquí, todo espectáculo inigualable: unos mantos de brazos quieren tocarle, hay hasta algún tirón de pelo al cantante, que está a la merced del mar de brazos y se balancea como si estuviera en el mar. Es un muñeco cuando la estructura se derrite y todo el mundo cae al suelo como los castellers. Al final Eddie consigue volver al escenario, donde el resto de Pearl Jam seguía tocando con el mismo éxtasis, y acaba el concierto con la camiseta rota y haciendo un selfie con el público. Sin duda, un día para no olvidar.

EL CABO CAÑAVERAL DE PEARL JAM

Pero hay algo que me llamó más la atención, incluso más que el vuelo sin motor o la increíble interpretación de Alive. Al final del concierto, detrás del escenario, se ve a Eddie que se detiene, auténticamente extasiado y sobrepasado; esconde la cabeza, está visiblemente emocionado. Su primero concierto ante una gran multitud, un sueño cumplido, es para parar y procesar las emociones, pues yo me imagino hacer un concierto así y al acabar pensaría: “y ahora, ¿qué?”

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