Noche de maligna devoción: Sadistic Intent en CDMX
Arribamos al HDX Circus Bar alrededor de las 8:00. La noche era la misma postal de monotonía de todos los días; sin embargo, una tormenta estaba a punto de desatarse. El acceso al recinto fue rápido y sin problemas. Inmediatamente, asumimos el papel de fieles testigos para narrar una velada de mórbida fe.
Los asistentes fueron llegando poco a poco. La imagen ante nuestra visión, un templo poblado de pocas siluetas. Los últimos preparativos fueron hechos y algunos minutos después de las 9:00, un golpe sacudió el templo; Grotesque Deity tomó el altar para comenzar el exordio del ritual de oscuros presagios.
Riffs con intenciones asesinas relucieron entre las sombras y la banda no dejó ocultas sus ambiciones de crear una hecatombe; por consiguiente, una prédica de crueldad fue expresada con pasajes rápidos que imitaban la furia de viejos titanes. Tras el avance de las manecillas del reloj, el recinto ya tenía en sus entrañas a más figuras que comenzaron a azotar sus cabezas al ritmo de la infección de Grotesque Deity. Guitarras que supuraban desgracia llenaron el recinto y la agrupación cerró el primer capítulo de manera destacada.

Seguidamente, unos minutos de calma llegaron, pero fueron asesinados en un instante por la presencia de Black Brigade. Los ánimos ardieron ante la incitación de una bestia sin rostro, que de su garganta emanaba la podredumbre. La insanidad creció entre las pieles; el mosh fue el verbo en el centro del santuario. El odio inyectó los corazones y un grito rabioso proclamó a la brigada negra como verdadero death metal. Con pútrida gloria se retiraron delante de una masa sedienta de más blasfemia.

La noche siguió su camino para encontrarse con un dúo oriundo de Toluca que asaltó el escenario para llenarlo con turbadores ostinatos. Gripharium hizo gala de un espejo en el que se veían frente a frente un ataque salvaje y el virtuosismo musical. Cavernas de disonancia se construyeron dentro del recinto para que el público se volviese en errantes almas y se perdiera en los senderos de la muerte. Con extravagancia y una perfecta ferocidad, el dueto se fue entre los gritos de los espectadores.

La asfixiante calma que antecede a la tempestad se propagó y el deseo de sadismo palpitaba en los cuerpos. Antes de la muerte del día, una neblina empantanó el recinto mientras acordes lúgubres ahogaron el ambiente. Con esta imagen, Sadistic Intent dio comienzo a la locura; olas de voces se alzaron para recibir el éxtasis final de la ceremonia de engendros.
La abyección adoptó forma de progresiones delirantes y los instintos de barbarie danzaron al golpe de la batería. Túmulos de carne en el centro y las oscuras pasiones salieron como el aullido de una bestia. Golpes y gritos, la impía comunión que la banda precedía con la máscara de un tirano incapaz de la piedad. Ante esto, los devotos se rompieron las gargantas para repetir una y otra vez “Sadistic, Sadistic, Sadistic…”
La agrupación robó cada palabra mientras las volvía una masa de espíritus torturados. Seguidamente, martillos de carne palpitante vapulearon paredes de negrura y las cabezas reventaban en estallidos. Asimismo, la perversión escurrió de la voz de Bay Cortez; en consecuencia, todos bebieron del brebaje del verdadero terror.
La media noche se desangró ante los cortes certeros y las fogatas de carne enardecieron. La vesania fue la doctrina y la adrenalina la praxis del culto. Las ráfagas de notas fueron metralla implacable, los cuerpos vibraron al marcado compás de la cólera y los originarios de Los Ángeles mostraban satisfacción con los maniacos que exhibían todo su fervor.
La velada avanzó tan veloz al igual que la danza macabra y el momento final se precipitó entre monstruosidades sonoras que la masa asió entre sus pieles sudorosas. Así parecía terminar el rito de aberraciones; no obstante, Sadistic Intent regresó al púlpito para vomitar dos piezas más y darle una conclusión ciclópea a la noche de maligna devoción.

Agradecemos todas las atenciones a Dirty Sound.
