El Vive Latino, una fusión de leyendas y nuevas propuestas

Hay algo en el aire de la Ciudad de México cada marzo que te avisa que el invierno se rinde. No es solo el calor; es ese olor a bloqueador solar mezclado con el aroma de los tacos de canasta de la entrada y el eco lejano de una prueba de sonido que te acelera el pulso. El Vive Latino 2026 no fue solo un festival; fue, una vez más, nuestro ritual anual de crecimiento, donde las rodillas duelen un poco más que el año pasado, pero el corazón late con la misma fuerza que a los diecisiete.

Sábado: Entre el sol de la tarde y las leyendas de la noche

El sábado comenzó con esa energía fresca que solo los nuevos talentos inyectan. Orkeska puso los primeros saltos en el pavimento, recordándonos que el ska es la columna vertebral de este evento. Mientras el sol pegaba de frente, Marco Mares y Carlos Sadness nos regalaron esa brisa de pop alternativo y letras de autor que se sienten como un abrazo necesario antes de la tormenta de distorsión.

Caminando entre escenarios, la realidad del bolsillo nos golpeó: las chelas, ya costaban los 200 pesos, duelen más que una ruptura amorosa. Pero el Vive tiene su equilibrio místico: mientras la bebida se vuelve un lujo de reyes, siempre habrá un rincón de comida “barata” —relativamente—, donde Little Ceasars se puso las pilas con sus pizzas de 125 pesitos que te alivianaban el hambre por un México sin hambre.

La tarde se puso seria con Juanes, que parece haber hecho un pacto con el tiempo; sus clásicos sonaron con una vigencia que asusta. Luego, Enjambre demostró por qué son los dueños de la melancolía moderna en México desmostrando que su próximo concierto en el Estadio GNP Seguros será un rotundo sold out. Pero lo que vino después fue una cátedra de historia. Ver a John Fogerty es ver la raíz de todo lo que amamos; “Proud Mary”,Have You Ever Seen the Rain”, “Fortunate Son”, “Bad Moon Rising”, “Born on the Bayou”, “Up Around the Bend”, “Who’ll Stop the Rain” que bajo el cielo chilango es una experiencia religiosa. Y qué decir de Lenny Kravitz, que con su aura de semidiós transformó el Estadio GNP Seguros en un templo de puro funk y rock and roll con la esencia que lo ha caracterizado durante sus años de carrera, me atrevo a decir que es el último gran rockstar que nos dio la generación dorada del rock and roll.

Para cuando Cypress Hill soltó sus rimas y White Lies nos envolvió en su post-punk elegante, el cansancio ya era parte del outfit. El cierre con la Maldita Vecindad fue el círculo perfecto: paz, baile y esa identidad pachuco que nos recuerda que, pase lo que pase, este festival es nuestra casa.

Domingo: La consagración de la resistencia

Si el sábado fue de leyendas internacionales, el domingo se sintió como una comunión de la familia alternativa. Arrancamos temprano con la potencia de Beta, que siguen demostrando que el rock en español tiene un relevo generacional de hierro. Música para mandar a volar puso la nota curiosa y refrescante con las participaciones de Danna, Amanda Miguel; Mijares, Emmanuel, DR. Shenka quien cabe mencionar se avenó un tremendo cover de Juan Gabriel con la canción de “Hasta que te conoci” y bien lo dijo; “me dejaron la rola más dificíl pero la más chingona”. El tiempo transcurría y era momento de saber quien sería el baterista de  Fobia, con Paco Huidobro y Leonardo de Lozanne con la compañía de Iñaki Peña y el Chá hicieron honores a la bateria con marakas para presentar en su alineación a Elohim Corona como su nuevo baterista, una contratación magistral, es un animal en la bateria y su energía complemento un Estadio GNP Seguros abarratodos por el milésimo regreso de la banda.

Hubo momentos de una belleza casi insoportable, como el show de Esteman y Daniela Spalla; su química sobre el escenario es ese “amorío” musical que todos disfrutamos como cómplices ha hecho de esta gira algo verdaderamente emotivo, sus energía, complicidad, respeto y amor del uno hacía el otro hacen que este dúo enamore a quien sea que lo vea. Y para quienes buscamos la mística, el set de Santa Sabina fue un viaje astral, un homenaje a la ausencia y a la presencia eterna de Rita Guerrero que estuvo acompañado por diferentes cantantes como:  La voz principal fue Tania Melo (de Los de Abajo), acompañada por Sarmen Almond y Angélica Victoria.

La noche cayó pesada y gloriosa. The Smashing Pumpkins nos regalaron un setlist que fue un viaje directo a los 90, con Billy Corgan oficiando una misa de guitarras distorsionadas que nos hizo sentir infinitos con el vampirismo que adoptamos, del cual nos apropiamos cuando vemos a esta super banda en el escenario Amazon que por cierto estaba hasta la madre como decimos coloquialmente.

Si el sábado fue de leyendas, el domingo fue de catarsis. La noche se partió en dos cuando Avatar tomó el escenario. No fue un concierto, fue una función de circo macabro y metal de alta factura. Johannes Eckerström, con su bastón y esa sonrisa de bufón siniestro, manipuló a la masa a su antojo. La teatralidad fue impecable: movimientos sincronizados de cabelleras al ritmo de los riffs y un mosh pit que parecía un remolino de pintura de guerra y sudor. Ver a miles de personas entregadas a los suecos fue el recordatorio de que el Vive sigue siendo el puerto más seguro para el metal más arriesgado.

Pero el momento que quedará tatuado en la memoria colectiva ocurrió con Tom Morello. No solo fueron las guitarras rindiendo tributo a la distorsión pura; fue la furia política hecha música. Morello, con esa mirada que no parpadea ante el poder, convirtió la explanada en un campo de batalla ideológico.

Entre ráfagas de notas imposibles, aparecieron los mensajes de resistencia: una protesta frontal y sin filtros contra el ICE y las políticas de Donald Trump. El ambiente se puso denso, eléctrico; era el rock recuperando su peligrosidad. Cuando sonaron los primeros acordes de “Killing in the Name”, se desataron los mosh pits más brutales de todo el festival. No era violencia gratuita, era una liberación de energía acumulada, miles de cuerpos chocando mientras las pantallas gritaban consignas de libertad y justicia. Fue el clímax de un ritual que nos recordó que, aunque las chelas suban de precio, la rabia contra la injusticia sigue siendo el motor que mantiene vivo este género.

El Vive Latino 2026 fue sin duda alguna el mejor que he vivido como reportero, una verdadera catársis períodistica se vive en el Vive, año con año vemos a los mismos rostros con batallas de guerra pero eso solo significa una cosa que el amor a la música seguirá viva mientras nuestros corazones bombean sangre en cada canción, cada sólo, cada salto, cada riff, cada mosh, cada trago de chela, cada que nos amamos, porque la música es lo que nos mantiene cuerdos y el Vive Latino nos los recuerda caño tras año.

 

 

More from Ángel Daniel Rivera Malbaez
Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *