El Tri de México en el Palacio de los Deportes: 58 años de rock and roll popular

Antes de que las luces del Palacio de los Deportes se fundieran en negro, el aire ya era un instrumento en tensión. No era simple ruido; era el rumor subterráneo de 15,000 corazones marcando un mismo compás, una percusión anticipada que vibraba en las gradas. La multitud había llegado desde Monterrey, desde Ciudad Neza, desde cada rincón del centro y de la periferia del país, vistiendo su atuendo rockanrolero: chalecos de mezclilla desgastados por las puestas, bordados con parches que narran capítulos enteros del rock mexicano; chamarras de cuero tachonadas con estoperoles que destellan como notas agudas de blues. Un grupo de amigos posa para la foto eterna; otro se arremanga para exhibir el rostro tatuado de Alex Lora sobre su brazo derecho, una devoción al santo del rock and roll mexicano. Las gargantas se preparan. Y entonces, como un disparo, el grito se eleva desde algún lugar de la multitud: “¡Y que viva el rock & roll!“. Las luces se apagan. Las 20:30. La sinfonía del rock & roll.

La banda irrumpe en el escenario y el caos se vuelve orquesta. Alex Lora, el director de esta tocada de rock, acompañado por Lalo Chico, Óscar Zárate, Charlie Valerio y el resto de su familia musical. El primer acorde de “La raza más chida” funciona come el leitmotiv de la noche, la raza de bronce, la raza de razas. Vagando, rolando y rockanroleando por la gran ciudad; “Perro Negro”, “Mente rockera” y “Oye Cantinero”, y el Palacio entero se convierte en una sola gran tocada sonidera: 20,000 gargantas al servicio de Alex Lora, un coro de fieles seguidores. Cuando Alex Lora va al micrófono, sus palabras no son simples versos; son himnos de las masas, recordándonos que el rock es fiesta y felicidad, sí, pero también es memoria, es cicatriz, es grito de identidad de quien jamás se calla, jamás deja de bailar.

La velada se acompaña con colaboraciones del barrio mexicano. Alexis Arroyo “Ojitos de Huevo” inyecta su humor con “Todo me sale mal”, un respiro juguetón que rompe la tensión. Aczino llega con su lírica filosa; “Niño sin amor” se transforma en un duelo de ritmos donde el rap y el rock chocan y se abrazan en una disonancia perfecta que el público corea. Rockland y La Renga se unen a la fiesta con “ADO” y “Todo por el rocanrol”, el escenario como gran sonidero de rock and roll, sin clase ni color, sólo con la alegría de sentir los acordes y las letras de las canciones.

Las pantallas muestran la Basílica de Guadalupe; una mesa floral surge en el centro. Monseñor Diego Monroy toma el micrófono: “46 años de casados, con el sello divino”. Ya no hay show, hay un pacto. Alex y Chela Lora, frente a una marea de rostros, renuevan sus votos. Chela, vestida de blanco, lanza ramos. Alex, con su sarcasmo intacto, sentencia: “¡Felicidades a la novia y huevos al novio!” y la solemnidad se rompe en risas. Un rugido sacude el recinto. No es un concierto, es una comunión.

“Triste canción” y una versión multitudinaria de “Las piedras rodantes” ponen fin a la legendaria tocada de rock. 58 años no son cualquier número: son una partitura que el tiempo ha escrito con tinta de rock . Inmutable, irreverente y eterno: así se ha ganado el rock urbano mexicano su lugar, y El Tri lo ha demostrado una vez más. Mientras haya una voz que se una al coro eterno de “¡Que viva el rocanrol!“, esta historia seguirá escribiéndose.

Agradecemos a Ocesa por las facilidades brindadas para la cobertura del concierto.

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