El día que Rush nos transportó a otra realidad con su música

 

Por Joshua Alcántara

La noche del pasado jueves, 18 de junio de 2026, el Palacio de los Deportes fue escenario de uno de esos conciertos que parecen detener el tiempo. Rush regresó a la Ciudad de México como parte del Fifty Something Tour, marcando su vuelta al país después de más de dos décadas y su primer gran recorrido desde el cierre de la gira R40 en 2015. Más que un concierto, fue una celebración de historia, memoria y permanencia.

Desde los primeros minutos quedó claro que no se trataba de un acto de simple nostalgia. La energía del recinto era la de varias generaciones reunidas alrededor de una misma banda, quienes crecieron con Moving Pictures, quienes descubrieron a Rush años después y quienes nunca imaginaron tener la oportunidad de escucharlos en vivo.

La presencia de Geddy Lee y Alex Lifeson sobre el escenario transmitió algo difícil de describir, experiencia sin rutina, precisión sin frialdad. Cada interpretación se sintió ejecutada con respeto hacia el legado construido durante más de cincuenta años y, al mismo tiempo, con la intención de demostrar que estas canciones siguen vivas. La ausencia física de Neil Peart no pasó desapercibida, pero tampoco se convirtió en el centro del espectáculo; más bien, su presencia parecía acompañar cada momento de manera silenciosa y constante. La gira fue concebida justamente como una celebración del legado musical de Rush y de la vida de Peart.

Visualmente, el concierto mantuvo un equilibrio entre lo sutil y el poder del rock progresivo, luces precisas, una producción sobria pero efectiva y el protagonismo absoluto de la música. No hubo necesidad de artificios excesivos.

Sin lugar a dudas, el momento cumbre de la noche fue al volver del intermedio. Cuando, al apagarse las luces, los personajes de la serie norteamericana South Park, aparecieron en pantalla; esto como preludio al histórico éxito Tom Swayer, que al coro de “The World is, the World is love and life and Deep” nos puso la piel de gallina.

Lo más valioso de la noche fue recordar por qué Rush ocupa un lugar tan especial dentro del rock: porque pocas bandas logran combinar técnica, identidad y emoción sin sacrificar ninguna de las tres.

Cuando las últimas notas terminaron y las luces del Palacio se encendieron, quedó una sensación difícil de ignorar: algunas bandas regresan para despedirse; otras regresan para recordarnos por qué nunca se fueron.

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