Ecos del Underground:
El sábado 15 de junio, llegamos temprano a nuestro destino, un vetusto templo que en sus paredes guarda glorias antiguas de la historia del metal. Las puertas de la Arena López Mateos nos recibieron; nos adentramos en su vientre con la misión de documentar The Underground Festival.
Poco a poco llegaron los primeros asistentes mientras las últimas pruebas de audio se realizaban. Por un lado, algunas butacas se ocuparon. Por el otro, los más aguerridos se acomodaron cerca del escenario. La afluencia era poca, pero los que habían llegado ya estaban expectantes de lo que vendría.
Unos minutos después de las 2:00, Carlos Osnaya, organizador del festival, dio la bienvenida al público y presentó a Secunda Morte, quieres fueron los encargados de la apertura. Los originarios de Querétaro se plantaron firmes sobre el podio; arremetieron duro y directo. La audiencia se mostró atenta, los primeros puños se alzaron al aire y la chispa inicial se encendió.
El tiempo prosiguió su marcha y los siguientes en escena llegaron desde Guerrero para machacar el escenario con una ola de metalcore. Las Águilas se Atreven invitaron al público disperso a congregarse lo más cerca del podio para que pudieran brincar, cantar, sacar todo lo que llevaban dentro al ritmo de break downs energéticos. Asimismo, la agrupación alzó su vuelo para que los congregados se unieran a su mensaje de carpe diem, que fue expuesto con guitarras atronadoras y gritos emotivos que impactaron con los viejos recuerdos del recinto.
Seguidamente, Sabacthani de CDMX trepó al altar para dar una cátedra de brutalidad. Una voz de navaja se fusionó con una serie de riffs laberínticos; sumado a esto, una batería ponderosa hizo que las cabezas golpearan el aire. Algunas otras sombras ya se habían sumado en esa parte de la historia para contemplar el despliegue mortal de la banda. Además, Symphony Of Heaven salió para ver de manera atenta la presentación de los mexicanos. Los ánimos comenzaban a crecer y el ansia se hizo presente.
El deseo de más metal fue respondido por Lament, quienes con ritmos pegadizos y guitarras que atacaron frontalmente hicieron que el público agitara las cabezas junto a una voz que escupía odio contra los falsos predicadores. Los asistentes asintieron con aquel mensaje; los puños se levantaron como signo de lucha contra los propagandistas de falsa salvación.
A la postre, el legendario Carlos Alanis irrumpió con autoridad y Next comenzó la batalla. Un sermón de salvajismo golpeó los muros del recinto; los gritos se encumbraron. La comunidad miró con respeto a la agrupación; el circle pit se abrió entre notas veloces. La concurrencia no era abundante; sin embargo, el frenetismo sí fue copioso y la energía de las nuevas generaciones hizo resonar las voces guardadas en la catedral del metal. Alanis agradeció a los asistentes, a la organización y las bandas. Después resplandores invadieron el escenario y un holocausto se desató; por consiguiente, el mosh nació y la actuación fue cerrada con ecos que repetían: “debes morir”.
Los siguientes sobre el ruedo fueron Ultratumba. El señor Lorenzo Partida extendió un pandemónium de sonidos sabbatezcos. La luz del día comenzaba a morir entre notas pausadas y una batería atronadora. Sirios mortuorios se encendieron con ritmos a medio paso para que entre la oscuridad los cuerpos se moviesen hipnotizados por el hechizo de una guitarra pantanosa. Aquí, la ceremonia llegó al punto de no retorno y la audiencia estaba ya toda reunida.
Uno de los momentos estelares llegó, uno de los pialares de la historia de la López mateos se hizo presente. Transmetal apareció al llamado e hizo su introducción con poderío y rabia. Un grupo de jóvenes entre 16 y 22 años fueron los que exhibieron la mayor emoción y con ese entusiasmo contagiaron a los veteranos que se deleitaban con las guitarras asesinas de la agrupación. El mosh no tardó en llegar; la juventud y madurez se revolvieron entre golpes y empujones. Ante este panorama, Sergio Burgos, cantante de la banda, manifestó su alegría por aquella nueva generación que mostraba su frenetismo y entrega en cada acorde. La arena volvió a recordar antiguas gestas y el grito de batalla de un México bárbaro rebotó en cada esquina de la catedral mientras los asistentes se entregaban a la danza infernal. Transmetal hizo gala de su legado y volvió a dejar su huella con una presentación ciclópea.
A continuación, Symphony Of Heaven se instaló en el altar para escribir su capítulo en aquel día. La agrupación de Indiana expuso un sonido elegante y nítido bien mezclado con un aura de ferocidad. Guitarras de sonidos bestiales y melódicos se impactaron con una masa receptiva y alegre ante el desempeño de los americanos. La banda estrenó dos canciones nuevas y también expuso la felicidad que sentía por poder tocar en México. Esto se sustentó con una actuación llena de pasión y sinceridad que se palpó en cada acorde; como respuesta, la comunidad regaló un acalorado aplauso a Symphony Of Heaven.
De manera posterior, un tanque embistió el escenario. Ráfagas de notas furibundas invadieron el aire. Sacrificium salió para romperse el alma en cada riff. Las exclamaciones de la audiencia se encendieron como antorchas ante la presencia de Claudio A. Enzler, quien con su voz asemejaba la furia de la metralla. La pasión de los teutones hizo que la masa se fundiera a su abraso; asimismo, los despidieron con honores y disparos de aplausos.
El cansancio ya se dibujaba en los rostros; no obstante, el público estaba dispuesto a llegar al final del ritual. La penúltima agrupación se acomodó sobre el púlpito y la comunidad que descansaba se congregó nuevamente frente a Immortal Souls de Finlandia. Un exordio con pasajes lentos se enmarcó como el preludio de una tormenta que se desató con guitarras afiladas. La devastación de la tempestad se hizo palpable con obstinatos melódicos y veloces. Sumado a esto, la presencia dinámica de su cantante inyectó nuevos bríos entre las sombras que movían las melenas entre los claroscuros.
La media noche abrió sus fauces y una luz nació para alumbrar los instantes finales del festival. Con adrenalina a tope Deutronomium hizo sentir la fuerza de su viento con sus hachas crujientes; además, hicieron arder una flama de la que bebieron los últimos guerreros en pie. Miika Partala hizo nacer de su garganta un canto angelical y al mismo tiempo una bestia se hacía presente entre pasajes estridentes. Riffs incendiarios y un bajo palpitante tomaron los corazones de la congregación y los invitaron a la danza final para celebrar el fuego de la existencia. De esta manera, The Underground Festival terminó.
Globalmente, podemos decir que fue un festival en el cual los organizadores y bandas entregaron el cien por ciento y que no existieron complicaciones. Por otro lado, los pocos asistentes crearon un ambiente de hermandad y una atmósfera energética. En suma, fue una experiencia que el público pudo disfrutar totalmente.
Agradecemos todas las facilidades a Carlos Osnaya y a todo el equipo de The Underground Festival.
